Carmen es el nombre ideal para una mujer con poderío. Para las luchadoras, para las que han encontrado piedras en su camino y han sabido saltarlas para continuar. Carmen era el nombre de mi abuela.

Mi abuela era ABUELA. Así, con mayúsculas, siempre dispuesta a cualquier locura que le pidieran sus nietas, cuidándonos sin descanso durante los veranos. Imagino que la distancia en kilómetros que nos separaba quería acortarla con su cariño.

Y era, sobre todas las cosas, Recicladora.

Cuando me pregunto por el origen de este vicio de crear reciclando, me gusta pensar que esa semillita la plantó ella y que por fin después de muchos años ha germinado. Así que Cuquinuni es también mi pequeño homenaje a las piruletas de azúcar tostado, a la rueda del churumbel, a los cuentos sin final, a las suelas de zapatos pintadas, a las extensiones con superglue que le hizo a su vecina. A las miles de anécdotas locas que nacían de sus intentos de solucionar problemas.

Mi abuela sabía hacer de todo y sin tener de nada. Una mujer de recursos, que se atrevía a intentar hacer o arreglar cualquier cosa. Puede que la necesidad le ayudara a agudizar su ingenio, pero además era una mujer extraordinariamente creativa. Miraba el mundo pensando en que todo podía ser reutilizado. Guardaba miles de cosas -aparentemente inútiles- en un armario y luego, por arte de magia, las sacaba convertidas en maravillas.

Ese armario siempre fue objeto de mi deseo. Desde niña me gustaba curiosear dentro, le sacaba todos los chismes y siempre aparecía algo interesante que poder reutilizar.

Carmen, siempre será para mi el verano junto al mar. Hoy, en el día que se cumplen cinco años de que la primavera llegó a mi vida, se ha ido el verano. Pero se que la brisa del mar seguirá viviendo en mi porque parte de lo soy se lo debo a mi abuela Carmen, La Recicladora.